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MERLÍN El MAGO "con mayúsculas en todas sus
letras".
Aquel con cuya ayuda consiguió el Rey Arturo la Corona de Inglaterra.
Las malas lenguas de Camelot rumoreaban que Merlín era hijo de
una monja seducida por un demonio. Este siniestro parentesco le daba poderes
mágicos, pero sólo podía emplearlos en buenas causas.
Un mago siempre pone mucho cuidado en evitar que se hagan retratos suyos,
por si acaso un enemigo los utiliza para robarle sus poderes. Por eso
no se sabe muy bien cuál era el aspecto de Merlín, antes
de la muerte de su buen amigo el Rey Arturo. Porque como ya os dije al
contaros la historia de Arturo, yo conocí de su existencia en boca
de nuestro protagonista.
Es verdad que ahora, tras la marcha del monarca, no se parecía
mucho a lo que los informes sobre este hechicero habían llegado
a mis oídos por boca de trovadores que en su día habían
llegado hasta mi ciudad. Aquellos decían que poseía una
barba larga y espesa negra, ahora esta era blanca. Sus ojos claros, ahora
se habían tornado oscuros -a buen seguro por la tristeza del amigo
perdido-, aunque eso sí, no habían perdido su luminosidad.
Sus ropas debieron ser lujosas.
En la actualidad, sin ser harapientas, denotaban el desgaste de los caminos
que aquel hombre, cuando yo le vi a buen seguro, había recorrido.
No obstante -y siguiendo con su atuendo - en su cabeza portaba una gorro
puntiagudo, y sobre sus hombros colgaba una túnica flotante, con
los símbolos del zodíaco bordados en oro.
Merlín tenía poderes especiales sobre el metal, el agua
y la piedra, que le permitían clavar una espada en un yunque, hacer
flotar una piedra de molino, controlar el mar embravecido y hacer que
las murallas de Camelot derribaran a los enemigos que trataban de escalarlas.
Igualmente, como ya dije, tenía el don de la profecía, aunque
el Rey Arturo no hizo siempre caso de sus predicciones. Por desgracia,
los poderes mágicos de Merlín no le protegieron de las debilidades
humanas.
Y más aún, tras años recorriendo medio mundo contando
las aventuras y hazañas, de su buen amigo y señor, Arturo
-Rey de Inglaterra-. Así, se dejó seducir por Nimiane, la
Dama del Lago, que le engatusó para que le enseñara sus
hechizos, encantamientos y trucos. Y cuando se cansó de él,
utilizó uno de los hechizos aprendidos para aprisionarle en un
roble. De vez en cuando, el que camina por el bosque puede ver aparecer
una cara triste en la corteza de un viejo roble.
Pero Merlín no puede hacer ningún daño, y tiene que
permanecer aprisionado hasta que Nimiane se ablande. Algún día
os contaré los muchos y variados prodigios de que era capaz Merlín,
el MAGO "con mayúsculas en todas sus letras". CAMELOT
Permitidme que os hable hoy de la ciudad fortificada de Camelot, capital
de Inglaterra y cuartel general de Arturo, el Rey-Guerrero, así
como de la Isla de Avalón, la morada de los héroes. Fue
construida por el rey de las Hadas y varias de sus reinas.
Crearon la ciudad tocando el arpa, con el sonido de su música,
y aún hoy se pueden oír sus instrumentos algunas veces,
entre las sombras que separa un día del siguiente. La ciudad se
alza en lo alto de una colina boscosa, en medio de una gran llanura. Está
a corta distancia de la carretera y el río que llevan a la isla
de Shalott. En las orillas del río crecen sauces y álamos,
que se estremecen al ritmo de la brisa, y a cada lado se extienden campos
de cebada y centeno, que llegan hasta el horizonte.
El viajero que se acerca a Camelot ve las agujas y chapiteles, las torretas
y almenas, los tejados y estandartes de la ciudad, como un vaporoso espejismo
entre la neblina verde del bosque y de la propia urbe. En la penumbra
del crepúsculo y en la bruma del amanecer, la ciudad-castillo se
desvanece y oscila, como para engañar a la vista.
Por la noche, su masiva silueta reluce con faroles colocados en las ventanas
y troneras. A la luz del mediodía, las terrazas brillan al sol
y la gran puerta resplandece como si fuera de oro. Cuando las tormentas
azotan la llanura, la ciudad se desvanece entre las nubes o se oculta
tras las cascadas de lluvia. En otoño destaca entre el anillo dorado
del bosque. En invierno, las torres blancas y los tejados nevados apenas
se distinguen de la llanura. Estos interminables cambios y transformaciones
hacen que algunos viajeros piensen que la fortaleza está encantada
y se desvíen del camino que conduce a ella.
En la carretera y en el río hay un intenso tráfico. Grandes
barcazas transportan mercancías entre Camelot y la isla de Shalott,
y de vez en cuando, la Dama de Shalott navega de incógnito entre
ellas, en su chalupa con velas de seda.
Por lo general, permanece en su castillo de cuatro torres, trabajando
en su telar mientras contempla el ir y venir de carros por el camino,
y de embarcaciones de todos los tamaños por el río, todo
ello reflejado en un espejo. A lo largo del camino se mueven muchachas
con capas rojas que van al mercado, hombres y niños de la aldea,
pastores, pajes de largos, dorados y morenos cabellos con ropajes carmesí,
obesos clérigos montados en mulas, asnos y -los más adinerados-
en lujosos corceles, carretas cargadas de heno y caravanas de caballos
de carga.
Los campesinos trabajan la tierra desde el amanecer hasta que sale la
luna, pero sus labores se ven aliviadas y amenizadas por los cánticos
que provienen del castillo de la gran Dama, la que habita el mencionado
castillo de Shalott, que protege sus cosechas mientras ellos duermen o
las abonan, cultivan y recolectan. Cada vez que suena una trompeta en
las torretas de Camelot, la gente que va por el camino se apresura a hacerse
a un lado, y todos -absolutamente todos, niños y adultos - miran
hacia la fortaleza con ojos alegres de saberse súbditos de Arturo
y Ginebra, sus muy amados y benevolentes monarcas.
Las notas anuncian la salida de una cabalgata de caballeros, que descienden
por el serpenteante camino que atraviesa la arboleda, hasta llegar a la
calzada. En un día de cielo azul, sin nubes, los caballeros ofrecen
un hermoso espectáculo cabalgando de dos en dos, con los heraldos
y portaestandartes trotando orgullosamente entre las tropas, haciendo
ondear sus vistosas banderas.
La gente corriente se quita los sombreros al paso de los caballeros: el
atezado Modred, aspirante al trono, que provoca un gesto de desagrado
por los hombres y mujeres de bien; todo lo contrario, sucede con los apuestos
Gareth y Gaharis, que consiguen la sonrisa vergonzosa de las doncellas;
Su hermano, Gawain -mucho más joven que estos- se permite buscar
la algarabía de los niños, mientras cabalga junto a Lanzarote,
que parece ajeno a todo aquello, tal y como refleja su semblante meditabundo;
tras todos ellos, el Mago de Magos, el Gran Druida, el Gran Merlín,
con sus ropajes negros y su gorro tachonado de estrellas, que parece brillar
extrañamente a la luz del sol; Su mirada, perdida, aunque su mente
intentando escudriñar la mente del aspirante Modred. Una de sus
manos se alza para despedirse de la Gran Dama, que sabe le protege desde
su torre de marfil. Es posible que los caballeros se dirijan a una campaña
contra los enemigos de Inglaterra, o quizás se trate de un intento
más de localizar el Santo Grial.
Les manda el poderoso Arturo en persona, a lomos de su blanco corcel acorazado,
guiado por un gallardo escudero, que lleva la armadura del monarca y su
gran espada Excalibur. Cuando el viajero sube por el empinado camino que
lleva a Camelot, oye una música tan extraña, como agradable,
que piensa que las hadas siguen con la tarea de edificar y proteger la
ciudad.
La música se hace más fuerte al traspasar la puerta que
permanece siempre abierta y pasar al primer patio, donde un grupo de cuatro
guardianes hacen detenerse y descabalgar a los más atrevidos.
Allí aguarda la Dama del Lago, de pie con los brazos extendidos,
en una mano porta una espada y en la otra un antiguo incensario. Su vestido
blanco transparente se ondula como las aguas, una lluvia de gotitas cae
de cada mano, y sus ojos grises parecen estar fijos en la Eternidad, como
para hacer que el corazón de un malhechor le dé un vuelco
en el pecho, y se convierta en puro, por el hecho de estar entre las paredes
que conforman Camelot. Otra puerta esta tallada por ambos lados, con emblemas
y símbolos de las campañas de Arturo, tan hábilmente
entretejidos que las figuras y emblemas de Elfos y Dragones parecen moverse,
enroscarse, retorcerse y hervir.
Una vez franqueada esa segunda puerta, el visitante encuentra una ciudad
compuesta por un señorial palacio, que parecen muchos, repleta
de nuevos emblemas pertenecientes a antiguos reyes.
Por deseo de Arturo, Merlín utilizó sus artes para dar un
bello sentido espiral a la ciudad, y la vista se dirige continuamente
hacia arriba, hasta los vértices de las almenas y de las torres.
En el interior de Camelot tienen su residencia mil seiscientos caballeros,
todos ellos tan celosos y orgullosos de su posición, que en una
cena de Navidad se desató una fuerte disputa entre ellos, por el
derecho a sentarse junto a la cabecera donde se encontraban Arturo y Ginebra.
Por eso el monarca hizo construir la Mesa Redonda, a fin de que todos
los turbulentos caballeros pudieran sentarse en igualdad. Dentro de la
ciudadela, el visitante descubre que la extraña música que
oía es el sonido de la misma Camelot. Las voces de los que recorren
sus empinadas calles y pasadizos se mezclan con las canciones de los trovadores
y las notas de laúdes y cítaras que salen de las ventanas.
En las callejuelas se oye el melodioso estruendo de los herreros y armeros
que forjan y fabrican armaduras para caballos y hombres, despidiendo grandes
chorros de chispas que caen en cascada desde sus oscuros talleres al forjar
mandobles y hachas de combate. Los saeteros hacen flechas para la caza
y para la guerra, los herreros dan forma en sus yunques a las herraduras,
los guarnicioneros preparan sillas y arneses de vistosos colores. Sobre
las almenas se eleva el cántico de los monjes, y los centinelas
contemplan desde lo alto la cabalgata de caballeros que se aleja en la
distancia.
El centro de Camelot es el Gran Salón del Rey Arturo, rodeado de
cocinas y dormitorios, y situado junto al campo de torneos. El largo salón
abovedado es tan alto que su techo se pierde entre las sombras y el humo.
En el gran fuego central se quema un tronco de roble para calentar a los
caballeros, que celebran un banquete a base de carne, pan de centeno y
cerveza.
A lo largo de cada pared hay una triple fila de escudos tallados en la
piedra, cada uno con el nombre de un caballero debajo. Cada escudo permanece
en blanco hasta que su propietario ha realizado alguna noble hazaña;
entonces Arturo hace tallar en él las armas del caballero. Si éste
lleva a cabo más hazañas, las armas se colorean y emblasonan.
Así, y pese a su juventud, el escudo de Gawain es rico y llamativo
-al igual que el de sus hermanos-, mientras que el de Modred está
tan vacío como la muerte, como su corazón. Arturo desempeña
todas sus funciones reales en el Salón, y de cuando en cuando ordena
que tenga lugar un torneo. Los premios no serán más que
el velo o el guante de alguna dama, pero los caballeros se preparan con
tanto ardor como si se dispusieran a entrar en batalla.
En el terreno del torneo, los caballeros se embisten unos a otros con
lanzas tan fuertes como el espolón de un barco. Arturo interviene
alguna que otra vez en las justas, pero nunca esgrimiendo la espada Excalibur,
pues esto le daría una ventaja injusta respecto a sus "adversarios".
Al terminar el día, ya vendadas sus heridas -ninguna de extrema
gravedad- los caballeros festejan larga y ruidosamente en el Gran Salón
la jornada. En todo el recinto se escuchan historias guerreras, encuentros
místicos y juramentos por localizar el Santo Grial. En medio de
los caballeros, junto a Arturo y Ginebra se sienta Merlín, que
mientras hace acopio de la suculenta cena, reflexiona sobre el pasado
y el futuro, previendo el día en que Arturo será llevado
a la Isla de Avalón y Camelot se desvanecerá entre las tinieblas
del crepúsculo.
AVALÓN La morada de los héroes.
Más concretamente, debería escribirse Yns yr Afallon,
que en el idioma gaélico o del País de Gales significa "Isla
de las Manzanas". Es una isla en el centro de un gran lago, cuyas
tranquilas aguas brillan como el acero azul, y que está rodeado
por bosques sombríos. Un héroe muerto en combate debe abrirse
paso a través de estos bosques, hasta llegar a las orillas del
lago, donde le aguarda un bote con colgaduras de tela negra y una misteriosa
mujer sentada en silencio al timón.
El bote navega hasta la Isla sin causar ni una ondulación en las
inmóviles aguas y, mientras se aproxima a Avalón, las heridas
del héroe se van cerrando. Así, con todo su vigor restaurado,
desembarca en la Isla, donde siempre brilla el sol y nunca, nunca, hace
mal tiempo. Desde la misma orilla crecen arboledas de manzanos cargados
de fruta, y cuando el héroe camina a través de ellas siente
que la hierba que pisan sus pies es un suave y tupido césped.
Hacia el centro de la Isla hay bosques verdes y silenciosos, con claros
cubiertos de flores, y se respira una paz como los hombres no han conocido
en la tierra. Vagando a través de estos bosques, el héroe
muerto se da cuenta de repente que en la Isla hay otros habitantes.
Todos son héroes como él, que han perecido en defensa de
la Justicia, en lucha contra los poderes de las tinieblas, y con ellos
vive una raza de hermosas mujeres, custodias de la magia que inspira a
la humanidad las virtudes de la caridad, del valor, la amabilidad y el
amor puro.
En la espesura del bosque hay una pequeña iglesia construida -parece
ser- por José de Arimatea, famoso por el no menos conocido Santo
Grial, y allí, en ese santuario, el héroe descubre el supremo
gozo de adorar al Creador que le dio durante toda su vida fuerza y coraje
para combatir al mal y enfrentarse al opresor y ayudar al oprimido. .
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